martes, 30 de diciembre de 2008

Cuando el título pasa a segundo plano (II Parte)

Cuando el título pasa a segundo plano
“En nombre de la República del Ecuador y por autoridad que demanda la Ley, lo declaro Abogado de los Tribunales Constitucionales del Ecuador. Exigiendo que su investidura como tal sea reconocida y respetada. Tributándose los honores del caso en todos los tribunales de justicia del país”, indica una copia de Jorge Orrala Mendieta, hombre de la serranía que guarda una copia de aquel pergamino –que años atrás le fuera entregado- en una billetera café y que está arrugada y descolorida por el trato recibido.
A José lo encontré atrás del Coliseo Romano, hasta donde lleva una maleta- todos los sábados y domingo – llenos de birra (cerveza) y que las vende cuando se reúnen los ecuatorianos.
“En Ecuador tenía mi oficina, en Quito. Una atenta secretaría realizaba mis trámites sin ningún problema, ya que era muy reconocido y respetado allá. Pero las cosas se pusieron complicadas y difíciles, y en una buena noche reuní un capital y me vine acá. Pero las cosas no han salido como esperaba y hace cinco meses que no consigo trabajo. Estuve laborando en una fábrica, pero me cancelaron porque un italiano iba a ocupar mi lugar. Desde ahí no he conseguido nada. Por suerte, me estoy ayudando con estas cervezas que vendo los fines de semana”, indica con los ojos húmedos, pero sin lágrimas, ya que las últimas que tenía se le acabaron hace cinco meses cuando habló por última vez con su hija y ahora no lo puede hacer, porque no tiene dinero para llamar a Ecuador.
Así como este abogado, varios profesionales han tenido que dejar lo suyo para buscar mejores ingresos, una mejor vida, pero lamentablemente la realidad es otra.
Todos los emigrantes esperan los domingos para relajarse. Desestresarse. Conjugar el amor al prójimo. A lo suyo. En Ecuador, salir un domingo –en ciertas ocasiones- se vuelve un sacrilegio y, entre bromas, señalas que aquel día es para las empleadas o, como vulgarmente se les dice, “peroles”.
Pero acá, aquello no funciona. Desde muy temprano casi todos buscan las iglesias. Allí hacen un fondo común, cocinan, celebran los cumpleaños, juegan pelota, almuerzan, bailan, toman cerveza –moderadamente- y aprovechan hasta la última luz que la madre naturaleza brinda. Poquísimos van de compra. Yo diría nadie.
Los parques forman parte de esta aventura. Los ecuatorianos se hermanan y tratan de convivir sanamente. Los que tienen su trabajo cuentan lo suyo y se muestran más tranquilos. Los que no, tratan de que alguien los recomiende y pedirle a los conocidos “una ayudita”. Unos prometen. Otros también. Pero nadie se va sin dar alguna esperanza. Así transcurre el único día de asueto, ya que el sábado es medio tiempo y lo utilizan para arreglar el departamento o lavar sus pertenencias. Parece cuento pero nadie quiere perderse ese día. Un domingo. Sí, un domingo de gloria para todos los emigrantes.
Después del parque, los emigrantes –entiéndase ecuatorianos- no desmayan en sacar provecho al domingo. Aquel domingo que no vendrá, sino después de una semana fuerte. Llena de atropello y bajas pasiones.
Es por eso que acudí a una de las tantas discotecas que existen en Roma y que atienden los domingos. La entrada con derecho a dos cervezas, tiene un valor de 10 euros
Aquella disco poseía un ambiente único. Una pista increíble. La música era contagiosa y una simpática chica, con un diminuto traje que dejaba apreciar todos sus encantos, animaba la noche. Más de uno se sometía al donaire de la agraciada muchacha cuyos movimientos eran endemoniados, cautivadores, libidinosos, los cuales permitían hacer volar la imaginación.
De repente, para hacer el ambiente agradable y que los presentes entren en confianza, la chica con su cálida voz le pide que alcen los brazos.
-Los colombianos presentes, ¿dónde están?, dice. Y unos diez celebran el pedido.
Nuevamente hace la pregunta: los hermanos peruanos, ¿dónde están? Al igual que los colombianos, se hacen presente en un número no mayor de 20.
La pregunta de rigor no se hace esperar: ¿Dónde están los ECUATORIANOS? Cerca del 70 por ciento de los presentes celebran el pedido y dicen: ¡Aquí estamos, presentes!
¡Qué bestia!, exclame. Sin embargo, que emoción la mía.
La gran mayoría son ecuatorianos que han emigrado a esa parte de Europa por un futuro mejor.

lunes, 29 de diciembre de 2008

NO TODO LO QUE BRILLA ES EUROPA (I Parte)

Amparado al juramento que efectué –previa mi incorporación como Comunicador Social- de estar siempre en el “lugar de los hechos”, recurrí a ese principio para reunir todos los detalles pertinentes del porqué los ecuatorianos viajan a otros países en busca de mejores días.
Para logarlo, y para evitar que se forme una aberración del concepto cultural, tuve que despojarme de todos los privilegios que gozaba en Ecuador para vivir, en carne propia el sacrificio de los nuestros.
Escribir estas líneas no fue sencillo. Cada palabra tiene un sentido. Un sentimiento escondido y un honor que se pierde con el transcurso de los días en tierras extrañas.
Aquí no encontrarán temas sobre la geografía, clima, religión, etc. de Europa. Es una historia, jamás escrita por persona alguna sobre las vivencias de nuestros compatriotas por labrarse un futuro mejor para los suyos en esa parte del mundo. Espero que esta vivencia o experiencia sea un aviso para quienes deciden viajar, y sepan lo que les espera. Ojo, no todo es malo.
Es fácil ubicar un micrófono y preguntar…preguntar y preguntar. Pero no es tan fácil vivir, sentir, sufrir y llorar.
Las líneas siguientes tienen un lenguaje ameno y sencillo.
Lo expuesto no es un lamento latinoamericano, sino una verdad formada durante el tiempo que estuve en el Viejo Continente, en donde traté de desarrollar mi capacidad desmitificadora y crítica.
Entonces, acomódese, lea y viva una historia de la vida real. Creo que le despejarán algunas dudas.

Haciendo camino al andar

Esta historia aún está fresca y creo que seguirá fresca por muchos años. La misma nació un lunes, a las 15h00, para ser más exacto. Día soleado –típico en Guayaquil.
Estaba en mi trabajo, planificando un nuevo reportaje. Cuando de un momento a otro un mensaje – vía celular- me indicaba que viajaba a las 21h00 por Iberia –en la clase económica- vuelo IB 6634 A34, con destino a Madrid, y luego abordaría el vuelo IB 3602 B24 a Roma.
En esos precisos momentos, mi mente sintió una sensación extraña que no atinaba a describirla. La verdad es que no sabía si reír o llorar
Tomé fuerzas y me despedí del “Cholo” Guayaquil y de Víctor Mestanza, mis dos compañeros de profesión y, hasta ese entonces, los personajes que conocían de esta aventura.
No muy lejos del lugar se encontraba el conocido periodista José Kalil, amigo personal e incondicional, quien no dudó en darme su respaldo y advertirme.
Entonces, no me quedó más remedio que hacer maletas, despedirme de los míos y acudir al aeropuerto internacional José Joaquín de Olmedo, que, para variar, estaba copado de viajeros y familiares que acudían a despedir a sus seres queridos.
Hice columna y certifiqué mi viaje. Pero cada instante que daba un paso y me acercaba al mostrador –de Iberia- mi mente se llenaba de recuerdos y me decía: ¿Qué vas hacer allá?... Y como era de esperarse no tardó en llegar la pregunta del millón… ¿para qué?
Cerca de las 20h00 – de aquel lunes - empezó el llamado por los parlantes para que acudiéramos a la sala de espera. Y entonces comenzó la histeria de los que se quedaban y la fuerza sobrehumana que ponía de manifiesto cada viajero para no flaquear.

Nadie reía…Todos lloraban… Yo no fui la excepción, por más que puse de mi parte el corazón, al final, se quebró.
De los cientos de pasajeros que íbamos en el avión, conocía a uno: Isidro Romero Carbo, ex presidente de Barcelona, amigo mío, pero lamentablemente para mi él viajaba en primera clase.
En el chequeo nacional, la revisión de rigor no se hizo esperar. Un policía ecuatoriano parecía enemigo. Ni la fuerza pública extranjera se portó tan estricta como este elemento. Bueno, al fin de cuentas parece que ese es su trabajo.
Ya en el vuelo todos nos mirábamos las caras, pero no los corazones. La mayoría nerviosos. Otros trataban de ocultar aquello, pero sus rostros pálidos los delataba.
A mi lado se sentó un muchacho de unos 20 años, aproximadamente. Recién salía del cuartel…Recién abandonaba su pueblo –Salitre-… Y recién se subía a un avión. Y como era de esperarse, el terror de estar en un “pájaro de acero” hizo presa de él. Sudaba frío. No sabía si sentarse o pararse. Miraba con inquietud y pavor por la ventanilla del avión, que comenzaba a elevarse. No hablaba. Sólo atinó a juntar sus manos y rezar el Padre nuestro. Su actitud fue tan conmovedora que lo acompañé en su rezo.
A la hora de la cena no se sirvió nada. Sólo masticaba, comía y saboreaba sus nervios. Intente relajarlo, que conversara, pero mis intentos fueron vanos. Por ello, me acomodé, leí algo y me dedique a observar las películas que proyectaron durante el viaje.
Creo, y no lo dudo, que lo mismo ocurrió en los otros asientos donde 9 de cada 10 pasajeros viajaban por primera vez. Luego de 10 o 12 horas de vuelo anunciaron que estábamos a punto de arribar al aeropuerto de Barajas, en Madrid, que nos abrocháramos los cinturones de seguridad, que la temperatura promedio era de 10 grados, que la hora local era las 14h30 y que no nos levantáramos del asiento hasta que el avión se hubiere detenido completamente.
Una vez que se ha detenido el avión, antes de bajar, lo primero que uno hace es rezar y encomendarse a Dios. No quiere caminar, pero debe hacerlo. Ya en el mostrador, donde se aprueba la entrada, los segundos parecen horas, los minutos meses y las horas años.
Y entonces comienza el interrogatorio:
¿A dónde va?
¿Es la primera vez que viaja?
¿Quién lo espera?
¿A qué hotel va a llegar?
¿Cuántos días se va a quedar?
¿Cuánto dinero tiene? … ¡Muéstrelo!
Preguntas que, si no estás preparado, te cuesta responder. Y te cuesta bastante. Tanto cuesta que te regresan en el siguiente avión a Ecuador.
Fui testigo de cómo cinco compatriotas no pudieron superar sus nervios, ni mostrar serenidad, al momento del interrogatorio. Lamentablemente, los nervios hicieron presa de ellos. Barrera dura. Llena de intriga, dolor y felicidad, si la pasas. Pero a la larga, todo depende del factor suerte.
El resto seguía su camino o talvez su destino. La mayoría se quedó en Madrid. Otros se fueron a Barcelona. Y pocos a Italia (Roma, Milán y Génova eran los puntos a seguir).
Era el momento de la verdad y el inicio de la nada
Mi destino era Roma. El resto tomó su rumbo. En España hice un alto y tuve que esperar el avión que me trasladaría hasta mi lugar de destino.
La lectura fue mi gran compañera. La idea era que pasara el sabor amargo que tenía por las nuevas vivencias. Las manijas del reloj pedían permiso para poder caminar. La pequeña espera se hizo una eternidad.
Llegó –por el momento- la hora de la verdad. Iberia nuevamente encendió los motores de nuestra aventura y por espacio de dos horas, con algunos minutos, nos trasladó a la Tierra Santa –nada más por que allí reside el Papa- porque por lo demás…
En el aire nadie es más que nadie y es por eso que el silencio no se hizo esperar. La historia volvió a repetirse. El rezo, la entrega a Dios para poder pasar el último escollo.
Las preguntas de Madrid volvieron a repetirse acá (Roma). Pero estas eran más difíciles. Diría, las más decisivas.
Caminar no es fácil en la vida. Desde pequeño cuesta. Inclusive duele. Y en esta ocasión no fue la excepción.
Ingresé al control en Roma. Traté de pasar inadvertido, pero acá eso no funciona, peor con “mi acento europeo –ustedes saben piel bronceada, ojos verdes, cabellos rubios y un aire único (todo lo contrario)”-.
Me ubiqué en un grupo de italianos para lograr mi objetivo, pero cuando había caminado cerca de 800 metros y cuando me faltaban 20 pasos para llegar a la puerta, un policía me detuvo para investigarme.
No me amilané. Estuve algo nervioso, pero nada del otro mundo. De inmediato me solicitaron mis documentos. Revisaron mi maleta y como no me encontraron nada me llevaron a la oficina. En ella se encontraban dos muchachos ecuatorianos como Dios los mandó al mundo. Hechos un mar de lágrimas y sometidos a los vejámenes más crueles que he visto.
El gendarme que detuvo mi ingreso me hizo unas cortas preguntas… ¿Tienes droga en el estómago?, me dijo en tono agresivo.
¡No!, contesté. Sin duda la pregunta saltaba sola, debido a la voluminosa figura que tenía, producto de mi buena vida en Ecuador.
-No mientas, me dijo el policía-. –Vamos al departamento de radiografía y si tienes algo… ¡no te salvas!, agregó.
-Estoy dispuesto a tomarme la radiografía, respondí. –Si usted me encuentra droga enciérreme toda la vida. Pero, si no, me paga el hotel ya que me están esperando afuera y se pueden ir, con el tiempo que me está haciendo perder, repliqué.
-Igual. Vamos a tomarte la radiografía. Confiesa que tienes droga y tu pena será menor, dijo en tono agresivo el policía.
Agarré mi maleta y le dije también con voz fuerte y segura: ¡vamos!
Caminamos dos o tres pasos –no me acuerdo- y me dijo: ¡Bienvenido a Roma!, no sin antes darme un par de palmadas en la espalda. La sangre volvió a mi cuerpo. Caminé con la frente en alto. No miré atrás y seguí mi camino.
Llegué en una época donde el invierno y la primera se unen como por arte de magia. Aquella noche el clima era bastante agradable. La brisa acariciaba mi rostro. Un taxi aguardaba una de las tantas carreras. Yo no espere de mucho y lo abordé. Lo típico de los hombres del volante cuando divisan a un extranjero. Diez vueltas a la manzana para llevarte al mismo sitio. El derecho de piso era eminente y 30 dólares o 40 euros, para cinco minutos eran un hecho.
Un hotel de tercera que no dejaba de costar 125 dólares, más una llamada telefónica, para decir que estas bien, bordeaban –mi primera noche- 180 euros.
Supuestamente pensaba disfrutar el hotel, pero no fue así. A lo mucho una ducha y nada más. El sueño quedó postergado por el cambio de horario al que debes acostumbrar a tu organismo.
Al final la soledad de las cuatro paredes – si tienes la suerte de tenerlas- vence tus párpados y los cierras. Pero cuando recién agarras el sueño, ya tienes que dejar el hotel.
Algo para sentirlo, pensarlo y vivirlo.

El tiempo allá no transcurre. Se detiene. Los días se hacen eternos. Amanece temprano y anochece tarde. Parece que el día tiene más vidas que un gato. Es más, creo que la noche no existe. Los meses son años. ¿Y qué es un año? ¡Verdad! No sé ni quiero saberlo, por lo menos acá.
Daniel Santos, el “inquieto Anacobero”, escribió una canción que se viene a mi mente y que, con su voz inconfundible decía: “que lentas pasan las horas… en esta cautividad… aquí se sufre y se llora…”. Así como Daniel entonó esa canción, muchos ecuatorianos también lo hacen. De una libertad puesta en juego. Unos esclavizados casa adentro. Otros, esperando, como los presos un sábado o domingo para sentirse libres. Barrera tan auténtica y propia de todos nosotros. Y otros, sin saber qué hacer como producto de una esclavitud adquirida sin haberla perdido. Y que decir de muchos que llevan acá dos, tres, cuatro, cinco, diez meses; un año o dos sin trabajar. Qué vida será aquélla. Y más triste verla pasar.