lunes, 10 de noviembre de 2008

Un gordo bueno

Eduardo “El gordo” De María siempre jugó al filo del reglamento. Díscolo como ninguno pero luchador y ganador por excelencia. Bastaba con soplarle la oreja para que explotara en el campo de juego y sea expulsado sin mayor excusa. El equipo que lo contrataba sabía que el uruguayo cuando no le salían las cosas iba a parar a los camerinos. Incluso tiene un récord de tarjetas rojas en una temporada y que decir durante sus años en el balompié ecuatoriano.
Como jugador fue un exquisito con la número cinco bajo sus botines. Con una cintura endiablada. Peleador. En otras palabras, buena pelota.
Su entrega era total. El equipo que se lo llevaba sabía que iban a bravear la temporada o ser protagonistas como mínimo.
Llegó a Ecuador en 1969 para Deportivo Quito pero como el cupo de extranjero estaba lleno fue transferido a Patria donde jugó una temporada con un rendimiento aceptado para el medio. Su juego convenció y es por eso que lo llevaron nuevamente para la Capital donde recaló en el América. Ahí se cansó de ganar con los “cebollitas” logrando dos viceampeonatos a nivel nacional
En 1972 Eduardo Spandre no dudó de su juego y lo llevó a Emelec donde inició a ganar fama e idolatría.
De María nació en Uruguay y se inició en Peñarol donde conoció los secretos de la redonda. “Peñarol me prestó y seguí el curso que me dio la vida. Jugué un año en Colombia, Manizales donde fui elegido el mejor volante del país con 14 goles pero mis mejores años lo hice aquí donde llevó más de 40 años viviendo en esta hermosa tierra que me acogió como uno más”.
“El gordo” –así lo llaman desde pequeño por su contextura, el mismo lo confiesa-, dice ser amig del amigo pero no creer que haya sido un loco o un demente como en ocasiones lo tildaron. “Era normal lo mío. Si tu estás trabajando esa grabadora y te quiero robar te vas a enojar porque es la máquina de tu trabajo y para mi era lo mismo. Me robaban un partido y yo quería matar a todo el mundo. Me gustaba ganarme mi dinero lo poco que nos pagaban me gustaba ganármelo bien y que nadie meta mano y eso lo sabía todo el mundo. No me gustaba perder”, cuenta.
Eduardo cuenta que cada cotejo era una anécdota y que tiene muchas. Por ejemplo cuando le dio un patazo a Elías Jacóme (+). “Jugaba para Universidad Católica y chocábamos contra El Nacional. Suspendieron a Villafuerte por un año porque le había pegado un patazo a Elías. Jácome le echó la culpa a Villafuerte y el que le pegó el patazo a Villafuerte fui yo. Elías se quedó con la pica. En el l partido siguiente Católica enfrentó a Liga de Quito y al entrar al túnel y me estaba esperando Elías Jácome y me sacó amarilla en el túnel y me dijo que en la primera jugada que haga me expulsaba y dicho y hecho. En una pelota divida con Polo Carrera el dice que le pegue a Carrera y me votó por al equivocación que había tenido en el partido anteriormente”, cuenta con jocosidad.
En cuanto a los compañeros de equipo dice tener gratos como Fernández, Atahulfo Valencia, Echeverría, Lazo, Pérez, Páez, Miloño Aguirre, Rolón, “Ñato” García, Echeverría, Píriz, Ortiz, Bayona, Lambert, Guime , Tenorio, Camacho, entre otros pero que siempre recuerda a “Félix Laso por qué fue el mejor nueve que observé en la historia de Ecuador”.
Cuando se habla de los Clásicos dice que tiene uno especial con Bosco Mendoza, médico del ídolo hasta le fecha. “Antes del partido estando en la concentración me intoxico y me llevan al dispensario de la clínica Guayaquil. Allá me atiende Bosco y me mete un suero recuperándome totalmente. Retorno a la concentración y jugué. Le hice dos goles a Barcelona y ganamos el partido gracias a Bosco”, dice expresando una gran sonrisa y satisfacción.
Eduardo De María señala que en su época el fútbol era más artístico, más romántico, hermoso a la vista gracias a los talentos que existían en esos momentos. “No creías que habían jugadores que estaban en equipo chico pero eran extraordinarios como Rogger Cajas, Bolívar Rangel, Anderson Hurtado jugadores que estaban en equipos pequeños pero no jugaban en equipos grandes y no eran aprovechados”.
Dice sentirse bien en Ecuador donde lleva 40 años viviendo. Nunca se nacionalizó aunque Ernesto Guerra se lo pidió para defender a la tricolor pero no hizo ya que tiene su propio concepto. “Sigo siendo uruguayo hasta el día que me muera. Es difícil cambiar como hacen los jugadores ahora de la noche a la mañana se hacen ecuatorianos y listo. Y dicen que aman a la camiseta y eso es mentira es solo por asunto económico. Revisen los extranjeros que se han nacionalizado y por donde andan. Ya no están por el país. Agarraron plata, se fueron y emigraron. A mi me enseñó una cosa muy grande Spencer (siempre lo quisieron nacionalizar y no lo hizo). Me decía que uno tiene que estar con su país hasta el día que se muera. Y así estoy yo. Ecuador es todo para mí. Están mis hijos, mi nietos, vivo acá 40 años entonces te podrás imaginar que Ecuador para mi es todo. Y cuando me muera tendrán que hacer un huequito acá y enterrarme a pesar de que tengo uno en Salinas, en mi local”.
De María siempre fue frontal. De esos personajes que no se callan nada y dicen las cosas de frente. Por eso que fue sancionado de por vida en el fútbol ecuatoriano. “Acá estamos engañados con una sarta de técnicos extranjeros y no son nadie en su medio Pero como hablan bien y son bonitos le dan todas las posibilidades y son técnicos de la gran madre. Pero ignoran que acá hay gente ecuatoriana, capaz. Marginaron gente como Eduardo Macias, al profesor Yagual denigrándolos como hombres, como seres humanos. Estos sinvergüenzas hasta eso hicieron para involucrar a extranjeros y marginar a ecuatorianos. Otro de los perjudicados es Carlos Cuvi, Alfredo Encalada, Fausto Carrera técnicos que tienen capacidad y no le dieron oportunidad. Los argentinos y colombianos invadieron y antes uruguayos que llegaron destruyeron al técnico ecuatoriano”, argumenta.
De María actualmente tiene su negocio en Salinas. Una parrillada que va viento en popa. De su salud prefiere no hablar ya que está delicado y en contados días será operado de una hernia que lo tiene atormentado. De los sinsabores insiste tener un montón como cuando lo trataron de involucrar como ladrón de carros, asaltante, traficante, coyotero, arreglador de partidos. “Por suerte ningún ser humano me pudo señalar. La lacra era yo porque le decía las cosas en la cara. Acá no le gusta a la gente que le digas las cosas en la cara. Yo los insultaba no me importaba si son poderosos o no”, sentencia.
Si algún día parte del terrenal mundo la única lo único que quedaría pendiente es que no fue técnico de Emelec o Liga de Portoviejo. Del resto, todo lo ha vivido a plenitud.

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