lunes, 26 de enero de 2009

NO TODO LO QUE BRILLA ES EUROPA

Un trabajo rutinario

Cuidar a una persona de avanzada edad, o que haya perdido la razón, es uno de los trabajos más comunes en Europa. Además, están los trabajos en los campos, fabricas, los de pasear al perro, ser chofer, servir como mayordomo, albañil, limpiar bodega, niñera inclusive entra en este grupo la profesión mas vieja del mundo, entre otros.
Salvo que poseas una suerte extraordinaria ocuparas otro cargo, de lo contrario, tendrás que conformarte con los antes mencionados.
Anita es una agraciada chica. La conocí cuando hacia una llamada a Ecuador. Ella me contó su historia. Llego a Italia a los 11 años. Una familia italo-ecuatoriana la tuvo secuestrada por espacio de cuatros años. No la dejaban salir y le prohibieron que hablara con sus progenitores.
En aquella casa paso 4 años; allí tenía que limpiar la vivienda, lavar, cocinar y cuidar a los niños, sin recibí dinero alguno. Durante esos años de martirio, fue creciendo y tuvo la oportunidad de conocer amigos que le abrieron los ojos y la ayudaron para que saliera de donde estaba. Cosa que al final ocurrió.
Anita dice de manera vivaracha que ha perdonado a sus secuestradores y que deja a Dios cualquier rencor. Hoy busca la manera de hacer dinero para enviárselo a su “viejo” y “vieja”, como ella llama a sus padres. No tiene planes de casarse, a pesar de que esta locamente enamorada de un marroquí. Actualmente gana 1200 dólares. Cuida a un señor ciego, sordo y de avanzada edad. Tiene que asearlo, cuidarlo y velar por su salud.
“Al principio no me gustaba este trabajo, debido a que el señor quería que duerma con él porque decía que tenia miedo. Yo me opuse rotundamente. Incluso, estuve a punto de dejar el trabajo, pero la hija me pidió que tenga paciencia”, relato con ademanes que adornaban su explicación.
Anita sale los sábados por la tarde e ingresa los domingos por la noche. Viste a la moda italiana y tiene pensado regresar al Ecuador, pero no para quedarse. “Creo que no me voy acostumbrar en mi país”, dice. Además, agrega: “Tengo pensado traer a mi hermana para que me haga compañía”. Los días de esta criatura pasan volando. Ella tiene formada su película y nadie puede sacarla de esta.
No consulte con él para detallar unas líneas de este personaje que pronto saldrá en escena. Sin embargo, invito a Freddy Calle Suri para que sea parte de esta historia.
Freddy es contador, graduado en el prestigioso colegio Francisco de Orellana. Amigo del amigo en todos los actos de su vida. Nos conocimos hace más de 30 años. En la ciudadela Huancavilca, ubicada al sur de Guayaquil.
Freddy siempre ha sido emprendedor, pese a su limitación física: invalido. Sus piernas son una silla de ruedas y con ella va donde ustedes no tienen ni la mas mínima idea. Hace dos años tomó un avión y se mando a cambiar a Roma, con la ayuda de su hermano Gonzalo que también tiene una historia digna de aplausos.
Freddy –como todos- tuvo que morder muchos sinsabores. Aprender el idioma y, sobre todo, a movilizarse por sí solo en una ciudad de más de 15 millones de habitantes y con un tránsito de mil por hora.
Trabaja en una agencia de teléfonos de propiedad de su hermano. Atiende de 09h00 a 21h30 a cientos de turistas de todas las nacionalidades. Actualmente, es un perito en el idioma, telefonía y computación.
Los buses ya lo conocen y se detienen para llevarlo. El exige que se abra la plataforma para poder subir su transporte. Si no lo hace, la voz de éste ecuatoriano con un idioma italiano perfecto, se hace sentir. El resto es maravilloso, por lo que hace y produce. Un ejemplo digno de imitar.
Tiene pensado volver a Ecuador para diciembre. Espero reunir cierto capital para montar su propia empresa. Pero cuando le pregunte si tenía pensado regresar dijo enfáticamente: “Aquí -en Roma- no me quedo ni loco”.

Como en casa
Si alguna vez me sentí en casa fue cuando llegue a Casilina 309 en Roma. Ahí se encuentra el local de Ecuatel y sitio de reunión de todos los ecuatorianos que habitan por ese sector. Ellos, después de sus jornadas de trabajo -los que tienen-, acuden al lugar mencionado para contar sus penas y ver caer la noche.
Pero, a parte de aquello, este acogedor sitio reúne a un gran sector de la ciudadela Huancavilca. Acá se encuentra Gonzalo, Freddy, Ramiro y Nidia Calle Suri. Patricio Romero, Patricio y Jacinto Argudo, Miguel Zanipatín, Roy y su hijo John. Y claro está quien escribe. Nidia dejó escapar una frase elegante y llena de significado para los que estábamos reunidos ese día: “Sólo falta el arbolito. Aquel arbolito que nos protegía del sol y la lluvia en nuestro natal Ecuador”.
Gonzalo tiene 18 años por estos lugares. Su esfuerzo le ha brindado una satisfacción enorme, posee un negocio propio y les da oportunidad a sus hermanos para que trabajen en él. Además, es un maestro de todos los quehaceres del hogar donde da cabida a cuatro ecuatorianos más, convirtiéndose de esa forma en un “capo” -jefe-ecuatoriano.
Una de las virtudes de Gonzalo es que siempre ha estado presto a dar la mano a sus coterráneos, que llegan por esos sectores, a pesar de que algunos le han jugado el número “chueco”, como él suele decir.
Su esfuerzo no es de ahora, sino de aquellos días en que tuvo que dormir -en plena Navidad- en la calle. “Pero eso ya está en el manual de los recuerdos” anota. Tiene compromiso con una compatriota y, según él, no desea retornar a Ecuador. Sin embargo, dice que en cualquier momento agarra sus pertenencias y se manda a cambiar al hogar que está construyendo en uno de los mejores sectores de Guayaquil, producto de su esfuerzo.
“Ñato” -como se lo conoce- hace de jefe de familia con sus hermanos. Los cuida, ayuda y protege. Además siempre está pendiente de sus padres, a los que quiere traer de vacaciones. Ramiro se está labrando su propio destino. Ha madurado enormemente y su visión es única. Indica que su esfuerzo tendrá su recompensa. A diferencia de su hermano, sueña con regresar a su país como los grandes. Los 10 años que lleva le han permitido tener su casa propia en Guayaquil, y en los actuales momentos pretende abrir un negocio. Además de estar al servicio de la iglesia, maneja también las cuentas de Ecuatel.
Nidia tiene 4 años y busca hacer lo suyo. Trata de adaptarse al medio y lograr su cometido. Extraña a sus padres y en especial a Diana, su hermana. Hasta la presente no se ha resignado a quedarse, pues “no tengo pensado vivir en este mundo”.
Patricio Romero sigue juvenil. Sueña con poseer todo y eso es valedero en estas tierras. Adquirió una moto para movilizarse y realizar los dos trabajos que tiene. Manifiesta que no regresará a Ecuador hasta lograr su cometido, mientras tanto, sigue soñando, y hasta está enamorado.
Patricio Argudo se muestra más sereno. Dice que regresa en contados días. Extraña su vida marcada en la bohemia, farándula y el canto, de los que según sus propias expresiones, no debió haber salido nunca. Lleva 11 años. Un accidente lo mantiene en reposo, pero con deseos locos de trabajar y ganar la cantidad que se ha fijado.
Miguel Zanipatín también intenta hacer historia. Tranquilo y buen trabajador. Maneja un auto último modelo y conoce Italia como la palma de su mano. Su sueño inmediato, además del ahorro que está haciendo, es llevar a su madre a conocer Europa. Para eso trabaja. Ya está en nuestro país y cuenta con negocio propio.
Jacinto Argudo está en Francia. Cada quincena regresa a Roma para celebrar su salida. A pesar de ganar bien, no se acostumbra la vida que lleva y solamente se ha resignado. Indica y sin pelos en la lengua que “uno acá lleva una vida de perros. Come como perro y sueña como perro”. Insiste que en cualquier momento pega la media vuelta.
Roy es padre y John su hijo. Roy trata de hacer una nueva vida después de la muerte de su esposa -Doris-. Su esfuerzo, poco a poco, va dando los frutos deseados. Mientras que John está en terminando la secundaria y es uno de los más “pinteros” del centro educativo. Domina el italiano a la perfección y es hincha de la Roma, porque “se parece a Barcelona”, expresa, con su carita ingenua.
Otro de los personajes que también ingresa en este grupo es Rubén Nieto Alvarado. Sus sueños son normales. No quiere ni más ni menos. Trata de ganarse la vida sana y honradamente. Manifiesta que es “propio”, de los pies a la cabeza. Su vida es el “Chino”, su hijo. Por quién vela, a quién cuida y protege. Tiene en mente salir adelante con su familia, pero, al igual que otros apenas tenga lo suyo pega la media vuelta y dice: “Como dijo el ginecólogo de mi amigo Tyrone, parto sin dolor”. Ya está de vuelta con nosotros.

Un caso para el olvido

Conseguir trabajo en Europa no es nada fácil. Hay diferentes barreras que primero tienes que salvarlas para tener un trabajo. El primer paso, si vienes a Italia, es dominar el idioma. Si no lo hablas a la perfección, por lo menos tienes que defenderte, de lo contrario será difícil encontrar algo. Otro de los requisitos es tener los documentos en regla, caso contrario, seguirás tal como llegaste.
Luego viene el intermediario, o la persona que te recomienda. Hacer la cita o “apuntamento” no es de la noche a la mañana, pero al final tiene su recompensa. Si sorteas estas dificultades, no tendrás problemas. Caso contrario, las posibilidades se verán mermadas.
En tanto, deberás conformarte con la dadiva de los compañeros -en ciertos casos y si es que queda- y de lo que puede regalarte la iglesia. Con todo aquello no es difícil encontrar compatriotas que tienen uno, dos, tres, cuatro meses, inclusive un año, sin trabajar, y si lo hacen es por horas.
“Aquí he perdido la fe. Ya no tengo rezo y Dios Parece que se ha olvidado de mi”, dice en voz baja Walter. Un hombre de unos 30 años que vino en busca de días mejores, pero que el destino le ha jugado una mala pasada. “Quiero regresar a Ecuador, pero con algo de dinero. Ojala lo logre en estos días”, acota. Casos como los de Walter se repiten diariamente, sumándose a ellos el tiempo perdido.
“No sé dónde estoy y qué estoy haciendo acá”, manifiesta Cristina, una ambateña de 20 años quién está como loca por conseguir trabajo. “No me sale nada. Es como si estuviera salada”, dice con voz entrecortada y a punto de llorar.
Otro caso es el de Carmen, quién busca nacionalizarse para tener mejores días. “Tengo cinco años y mis papeles están a punto de salirme. Ojala que con ellos pueda tener mejor suerte y encontrar pronto un trabajo”, agrega.
Alfredo no se queda atrás y sostiene que no tiene en quién confiar. “Acá los ecuatorianos se transforman. Son otros. No sé que es lo que les pasa. Si es por las penurias que pasan o por el sistema que los obliga actuar así”.
Estos y otros lamentos son a diario. Sin embargo, Walter, Cristina, Carmen y el mismo Alfredo se aferran a que pronto cambiarán sus días.
Otra de las persona desesperadas es Carla Mendieta. No sabe qué hacer. La desesperación ha hecho presa de ella. “Vine porque deseo cosas mejores pero no me ha salido nada”, refiere.
Antonio -tocayo del autor- y su hermana tienen un caso parecido. Son ambateños y lindas personas. Días atrás se les murió el abuelo, que hizo de papá al fallecer este. La noticia les cayó como un balde con agua fría y no dudaron en viajar a Ecuador, pero las deudas también tocan su cuello y no les quedó más remedio que resignarse a la distancia.
Quizá por todos los sinsabores que tiene, es que el ecuatoriano se transforma. Las humillaciones que debe soportar y los obstáculos que, muchas veces, no ha logrado superar, son los principales problemas de los emigrantes.
Acá todos tratan de “pelar su propia gallina”. Es decir cada quién defiende su espacio y eso a la larga es válido por lo que han sentido, han hecho y han sufrido. Por suerte, no me tocó vivirlo a plenitud aquello, pero lo observé y sentí. Son pocos los compatriotas que te dan la mano, pero muchos de ellos se transforman. Cambian de mentalidad, de la noche a la mañana.
Se hacen duros. Fuertes. Su corazón se transforma. No lo desean, pero el medio se los exige y a partir de ahí nada es gratis. Y entre ellos comienzan a comerse. No ceden. Se hacen hostiles y hasta peligrosos, pero -repito- no es culpa de ellos, sino del medio que los rodea y de cómo tiene que defenderse.

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